Salí de Buenavista con la idea de cruzar Santa María la Ribera de norte a sur, doblar en algún punto que se viera interesante y llegar a algún café antes de que cerraran. Plan sencillo. Duró hasta la segunda cuadra.
El error fue asumir que "paralela" en el mapa equivale a "paralela" en la calle. Viré donde no debía, entré a un callejón que parecía atajar y me condujo directo a la pared trasera de una vecindad. Salí por donde entré, que es siempre la solución que uno pospone más tiempo del necesario.
Ya en el recorrido correcto, encontré una fachada dividida exactamente a la mitad: la parte izquierda repintada hace poco, en azul cielo casi brillante; la derecha todavía con el color original, más oscuro, más poroso. La línea de separación no seguía ninguna lógica aparente, como si el dueño se hubiera quedado sin ganas o sin pintura justo ahí. Debajo, alguien había escrito a mano "SE RENTA LOCAL" con letras que se inclinaban un poco hacia arriba, como si la pintura también tuviera prisa.
Comí en una fonda sin letrero visible —cayó o nunca existió, difícil saberlo— donde pedí el caldo de res sin ver que la persona de la mesa de al lado ya tenía el arroz rojo, que era lo que yo quería. Me trajeron el caldo. Tenía hierbabuena y un trozo de calabaza que flotaba con cierta dignidad. Estaba bien el caldo.
De regreso caminé por el lado del parque. Me senté un momento en una banca rayada con nombres y años. La fecha más antigua que alcancé a leer decía 2003. Me pregunté qué tan lejos habría caminado esa persona ese sábado y si también se había perdido en algún callejón antes de llegar ahí.
En el camión de regreso escribí en la libreta: "fachada mitad y mitad, el caldo tenía hierbabuena". No sé muy bien para qué. Para esto, supongo.
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