Esta mañana salí sin rumbo fijo, lo cual siempre es un error calculado en mi caso. Terminé en el mercado de San Telmo a las diez, cuando los vendedores aún están acomodando sus puestos y el olor a café recién hecho se mezcla con el de empanadas fritas. Había un señor discutiendo con su propio carrito de frutas porque una rueda se negaba a girar. "Ya te dije que necesitas aceite", le decía, como si el carrito pudiera responderle.
Me detuve en un puesto de libros usados, porque nunca aprendo. Siempre digo que no voy a comprar más, y siempre termino con algo bajo el brazo. Esta vez fue una guía de Buenos Aires de 1987, con mapas que ya no coinciden con la realidad y recomendaciones de restaurantes que probablemente sean ahora locutorios o dietéticas. Me gusta pensar en todas las personas que usaron este libro, caminando por calles que yo conozco pero que ellos veían con otros ojos.
Caminé por Defensa hasta la Plaza de Mayo, esquivando turistas que se detenían cada tres metros para fotografiar balcones. Nadie mira hacia abajo, pensé, y justo ahí vi un azulejo roto en la vereda con un diseño art nouveau casi intacto. Me agaché a mirarlo de cerca, y una paloma aprovechó para robarle un trozo de medialuna a un tipo que estaba distraído con su celular. Justicia poética, supongo.
En una esquina, dos hombres discutían sobre la mejor ruta para llegar a La Boca. Uno insistía en ir por el camino más corto, el otro defendía "el camino lindo". Gané el camino lindo, obviamente, aunque me tomó veinte minutos extra. Pasé por calles que no conocía, con casas pintadas de colores que no combinan entre sí pero que juntas forman algo coherente. Así son las ciudades: caos organizado.
Ahora me pregunto si debería empezar a hacer un mapa personal de la ciudad, marcando no los monumentos sino los pequeños detalles que nadie más nota. ¿Cuántos azulejos rotos, cuántas discusiones de carrito, cuántas palomas ladronas caben en un mapa?
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