Salí de Metro Niños Héroes con la idea de cruzar la Doctores de punta a punta, de la Cuauhtémoc hasta el Viaducto, sin meterme al metro de regreso. Plano en mano, o sea el teléfono bocabajo en la mano porque el sol me impedía ver la pantalla, arranqué hacia el sur siguiendo una calle de talleres mecánicos que olía a aceite quemado y a algo que no quise identificar más.
Me detuvo una marquesina color melón —ese naranja lavado que ya no es naranja— sobre una farmacia que probablemente cerró hace quince años. Todavía decía FARMACIA ESPERANZA en letras de plástico, pero la mitad de la E se había caído y alguien había rellenado el hueco con cinta de aislar negra. No sé si fue un arreglo o una broma. Me quedé mirándola un rato hasta que el señor del taller de junto me preguntó si necesitaba algo. Le dije que no, gracias, solo mirando. Asintió con cara de haberlo visto todo.
Alrededor del mediodía entré a una fonda sin nombre visible, identificable solo por las sillas plásticas apiladas afuera y un letrero escrito con plumón que decía COMIDA CORRIDA $65. Pedí lo que me dijo la señora —asumí que era sopa de fideo, resultó ser arroz con rajas— y un agua de jamaica que llegó tan fría que me dolió un segundo la quijada. El sabor era exactamente el que debería ser: un poco ácido, nada dulzón, con ese retrogusto a jamaica real que ya no siempre se encuentra.
El problema vino a las tres de la tarde cuando "el atajo" que tracé en el mapa me metió a una privada sin salida que terminaba en una barda pintada de verde oscuro con la leyenda NO PASAR pintada encima, también en verde, así que casi no se leía. Di la vuelta, volví a la calle principal, y me di cuenta de que llevaba cuarenta minutos caminando en círculo alrededor de la misma manzana. La libreta decía "tres cuadras al norte" pero yo había ido al sur convencido de lo contrario.
Llegué al Viaducto con los pies en su punto justo antes de la queja formal. Desde el puente peatonal que cruza al otro lado se ve la Doctores como un tablero irregular: azoteas de distintas alturas, tinacos, una o dos palmas que aparecen sin explicación entre vecindades. El camión de regreso tardó veinte minutos. Aproveché para escribir en la libreta: marquesina melón, farmacia sin E, barda verde que no se lee. Suficiente para acordarme.
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