Salí pensando que iba a Tepito y me bajé del metro en Lagunilla. Clásico. Lo acepté como parte del plan y caminé hacia el norte por donde el tianguis ya estaba recogiendo las últimas cajas del domingo —aunque hoy era miércoles, lo cual explica por qué el tianguis no estaba. Eran los propios locatarios acomodando mercancía nueva. Me quedé un momento viéndolos sin entender del todo el sistema de carpas y tarimas, y seguí caminando.
Lo que me detuvo fue una pared a mitad de un callejón que da a Jesús Carranza: alguien pintó a mano, con letras gruesas y azul marino sobre el aplanado descascarado, TALLER DE HOJALATERÍA Y SUEÑOS. Abajo, más pequeño y con otra letra, dice cerrado los martes. Hoy es miércoles, así que técnicamente estaban abiertos, pero la cortina estaba a medias y no entré. Me quedé copiando el letrero en la libreta.
A las doce y algo encontré una cafetería pegada a una vecindad. Pedí un café de olla y me trajeron un atole. No dije nada porque el atole olía a canela y hacía menos calor del que yo pensaba, así que funcionó. La señora detrás del mostrador discutía con alguien por teléfono sobre un "depósito que nunca llegó" y nadie en el local le quitaba la razón.
El regreso lo hice caminando hasta Guerrero. Encontré una escalinata de azulejo amarillo que sube a una plataforma sin destino aparente —parecía la entrada de algo que nunca se terminó de construir. Un niño bajaba en patineta con una seriedad que no admitía comentarios.
En el camión de vuelta anoté: la ciudad tiene muchos edificios a medio acabar que la gente ya usa igual.
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