Encontró la llave en el último cajón, envuelta en un trozo de género azul como si alguien la hubiera guardado con cuidado. No recordaba haberla visto antes, y eso a esta hora de la noche, con la habitación ya vacía y el sonido de sus propios pasos demasiado nítido en el parquet, le resultó más extraño de lo que hubiera resultado en otro momento.
Las cajas cerradas con cinta plateada esperaban en el pasillo como animales dormidos. Afuera, la lluvia golpeaba los adoquines con un ritmo irregular, y el farol de la esquina parpadeaba una vez cada tanto, lanzando una luz amarilla sobre la pared descascarada donde todavía quedaba la marca de un cuadro.
Se sentó en el suelo con la espalda apoyada contra la ventana y sostuvo la llave. Era pequeña, de latón, con un número grabado apenas visible: el 4. No coincidía con ninguna puerta que ella supiera, con ningún casillero, con ningún candado que hubiera tenido en los ocho años que vivió ahí.
Recordó que cuando llegó al departamento había encontrado también un par de guantes de cuero en ese mismo cajón. Los había tirado sin pensarlo, con la impaciencia de quien recién llega y no quiere cargar con lo ajeno. Ahora, con la llave en la mano, pensaba en esa persona. En si habría buscado los guantes antes de irse. En si habría abierto el cajón una última vez, como ella.
A medianoche paró la lluvia. Desde el pasillo llegaba el olor a tierra mojada que se colaba por el portón, ese olor que sólo aparece así, a esa hora, cuando la ciudad baja la guardia.
Antes de apagar la luz, dejó la llave sobre el suelo, en el centro exacto de la habitación. La envolvió despacio en el mismo género azul.
Parecía lo correcto. Que alguien más la encontrara. Que la historia siguiera dando vueltas, de cajón en cajón, de mudanza en mudanza, sin terminar del todo.
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