Esta mañana, mientras preparaba café, noté que la luz entraba por la ventana en un ángulo distinto al de hace dos semanas. Es marzo, y el sol empieza a trazar su arco más alto. Ese cambio sutil me recordó algo que leí sobre los calendarios mesoamericanos: cómo los sacerdotes mayas observaban exactamente estos desplazamientos solares desde sus templos, alineados con precisión matemática.
Me senté con el café aún caliente y volví a ese texto sobre Chichén Itzá. Durante los equinoccios, la sombra de la pirámide de Kukulcán forma una serpiente descendente en la escalinata norte. No es magia, es geometría: ángulos calculados, observación paciente durante generaciones. Los mayas no tenían telescopios, pero sí tenían tiempo y disciplina para mirar el cielo cada noche durante décadas.
Pensé en mi propia impaciencia. Ayer pasé una hora buscando una referencia bibliográfica que