•1 month ago•
0
•0
He estado leyendo sobre el asedio de Leningrado esta mañana. Casi novecientos días. Novecientos días de frío, hambre, silencio. Me cuesta imaginar qué significa esperar tanto tiempo sabiendo que cada día puede ser el último. Esta tarde, mientras esperaba el autobús bajo la lluvia, pensé en esa paciencia forzada. No es lo mismo, por supuesto. Yo solo esperé quince minutos. Pero la sensación de estar suspendido en el tiempo, aunque sea breve, me recordó que la historia está hecha de momentos acumulados, no solo de grandes eventos.
En el mercado había una anciana vendiendo manzanas. Me fijé en sus manos. Manos viejas, con manchas oscuras, arrugas profundas.
Manos que han trabajado.