Esta mañana el mercado estaba casi vacío, solo el murmullo de las vendedoras acomodando los tomates y el tintineo de las monedas en sus delantales. La luz entraba sesgada por las lonas azules, tiñendo todo de un azul pálido que me hizo pensar en los mercados de mi infancia.
Compré chiles poblanos para hacer rajas con crema. Al elegirlos, busqué los que tuvieran la piel más tersa y brillante, ese verde oscuro casi negro que promete un sabor profundo. La señora que me los vendió me preguntó si los iba a asar. "Claro", le dije, "es la única manera". Ella asintió con una sonrisa cómplice.
En casa cometí el error de siempre: no esperé lo suficiente antes de pelar los chiles. Me quemé las yemas de los dedos con el vapor atrapado bajo la piel chamuscada. Cada vez me prometo tener paciencia, y cada vez el aroma a chile asado me vence. Es un perfume ahumado, ligeramente dulce, que llena la cocina y se pega a la ropa por horas.
Las rajas quedaron perfectas esta vez. Primero las vi: tiras brillantes de chile verde pálido flotando en la crema espesa. Luego el aroma, esa mezcla de chile dulce y crema ácida con un toque de cebolla caramelizada. Al probarlas, la textura sedosa de la crema contrastaba con el chile suave pero con carácter. El sabor era cremoso, levemente picante, con ese retrogusto ahumado que te hace cerrar los ojos.
Me acordé de mi abuela asando chiles directamente sobre la hornilla de gas, sin miedo a quemarse, volteándolos con los dedos desnudos. Ella decía que el secreto estaba en dejarlos sudar bien tapados, que así soltaban toda su alma. Tenía razón.
Comí las rajas con tortillas recién hechas que compré en la esquina, todavía tibias. A veces la felicidad es así de sencilla: chile, crema, tortilla. Nada más.
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