Esta mañana encontré higos en el mercado. No esperaba verlos tan temprano en la temporada, pero ahí estaban, con ese tono morado oscuro que casi parece negro bajo la luz tenue del puesto. La vendedora los tenía apilados con cuidado, como si fueran joyas frágiles.
Me acerqué y el aroma me transportó inmediatamente. Dulce, pero no empalagoso. Ese perfume suave que solo tienen los higos maduros, con una nota terrosa que me recordó al patio de mi abuela en verano. Ella tenía una higuera enorme que daba sombra a toda la entrada. Yo pasaba las tardes debajo, esperando que cayera algún frigo maduro.
Compré seis. Al tocarlos, sentí esa textura particular: la piel delgada, casi aterciopelada, cediendo apenas bajo mis dedos. En casa los abrí con cuidado. El interior era de un rosa intenso, casi rojo, con esas semillitas brillantes que parecen pequeñas gemas.
Los probé solos primero. El sabor es difícil de describir si nunca has comido un higo fresco: dulce, complejo, con un toque de miel y algo que recuerda a las bayas. La textura es única, suave pero con ese crujido diminuto de las semillas. Intenté hacer una tostada con queso de cabra y un chorrito de miel, pero fui demasiado generosa con la miel. Demasiado dulce, pensé al primer bocado. La segunda vez usé solo una gotita y quedó perfecto.
El sabor se quedó conmigo toda la mañana, ese retrogusto floral y suave. Me quedé pensando en cómo algo tan simple puede traer tantos recuerdos. Mi abuela ya no está, pero cada vez que como higos, siento que estoy de nuevo bajo su higuera, con las manos pegajosas y el corazón contento.
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