Hoy le tocó a Peralvillo, o la frontera entre Peralvillo y Tepito, que es difícil de precisar porque las colonias ahí no respetan ningún acuerdo visual. Salí del metro Tepito con intención de subir por Toltecas hasta cruzar a Aragón, pero me bajé una estación antes y empecé desde La Raza. Lo cual cambió el plan. No tanto el camino.
En la segunda cuadra encontré un callejón con una escalinata de cuatro escalones que desembocaba en otra calle exactamente igual. Lo usé de atajo pensando que acortaría. Lo usé tres veces.
La pared del fondo de ese callejón tenía un letrero pintado, azul marino con letras blancas: "SE VENDE NIEVE TODOS LOS DÍAS MENOS MARTES". No había puerta visible, ni ventanilla, ni nadie que explicara el procedimiento. Lo anoté y seguí sin nieve.
Paré a comer en una fonda cerca del mercado. Pedí lo que me pareció que decía "caldo tlalpeño" en el pizarrón, pero llegó un consomé con arroz y no protesté. Tenía ese sabor a jitomate cocido largo, espeso sin esforzarse, que convence aunque no sea lo que pediste.
Terminé en la glorieta de Peralvillo — que en realidad es una esquina ensanchada donde cinco calles llegan sin haberse puesto de acuerdo — y me senté en una banca de cemento a revisar la libreta. Cuatro páginas con dos buenas observaciones y una duda sobre si Toltecas es realmente paralela a lo que yo creía.
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