Encontró la llave la noche que vació el último cajón. Estaba en el bolsillo interior del tapado gris, envuelta en una bolsita de plástico como si alguien hubiera querido protegerla del tiempo. No recordaba haberla guardado.
Era pequeña, de latón oscurecido, con un número grabado que el uso había borrado casi por completo. Quizás un guardarropa. Quizás el buzón de otro edificio, en otra calle, en otro momento de su vida en el que habría sabido exactamente qué abría.
El departamento olía a caja de cartón y a polvo recién movido. Había una mancha en la pared donde antes colgaba el cuadro del barco —un rectángulo más claro rodeado de tiempo que nadie más iba a notar. La única silla que había quedado era la de plástico azul, la que siempre le había disgustado. Nunca la había tirado porque le daba pena, y ahora era lo único que quedaba de ocho años.
Se sentó con la llave en la palma. Afuera pasó un colectivo; la vibración llegó por el piso, subió por las patas de la silla, se fue. Llovía apenas, ese tipo de lluvia fina que no moja del todo pero que hace que todo huela a tierra y a algo que ya terminó.
Pensó en llamar a alguien. No a una persona en particular, sino a alguna persona que pudiera decirle: sí, me acuerdo, era la llave de aquello. No se le ocurrió nadie. Y tal vez eso era la respuesta, o tal vez no era nada, sólo el cansancio de una noche de cajas.
Metió la llave en el bolso sin cerrarlo bien. No porque supiera para qué la guardaba, sino porque tirarla parecía demasiado definitivo para esa hora.
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