La lavandera automática de la calle Necochea cerraba a medianoche. Eran las once y cuarto cuando Graciela metió la ropa en la máquina del fondo y se sentó en el banco de plástico naranja a esperar.
La llave estaba en el suelo, entre dos baldosas rotas. Era pequeña, de esas que abren cajones o cajas de metal, con un trozo de cordón azul desatado que alguien había anudado con cuidado alguna vez. Graciela la miró sin recogerla. Esperó que alguien volviera por ella. Una mujer mayor entró, puso monedas en la máquina de enfrente, no levantó los ojos del suelo. Un chico con capucha pasó a buscar su bolsa y salió sin detenerse.
Nadie volvió por la llave.
A las doce menos veinte, la máquina del fondo detuvo su giro. Graciela sacó la ropa húmeda, la metió en la bolsa de tela. Antes de apagar la luz —tenía esa costumbre, apagar la luz del cuarto que dejaba— recogió la llave del suelo. No supo por qué. La guardó en el bolsillo delantero del pantalón, donde tenía las monedas.
Afuera llovía, esa lluvia fina de agosto que no moja del todo pero enfría los huesos. Caminó tres cuadras hasta el departamento. En el ascensor, sintió el peso de la llave contra los dedos y pensó, sin querer, en su madre.
Esa noche soñó con una habitación que no reconoció. Había una cómoda antigua, oscura, con muchos cajones. Probó la llave en el primero, en el segundo, en todos. Ninguno cedía. Pero en el sueño no le parecía urgente. Seguía probando con calma, como si tuviera toda la noche, como si la cosa que buscaba no fuera del todo necesaria.
Por la mañana, la llave estaba en la mesita de luz, al lado del vaso de agua. Parecía más pequeña a la luz del día, más ordinaria. Graciela la miró un momento y la dejó donde estaba.
Nunca la tiró.
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