Domingo. El metro de las ocho, vuelta a casa después del Rastro. Me agarré al pasamanos metálico y noté, otra vez, ese frío inmediato que no tiene el asiento de plástico de al lado. La temperatura del andén era la misma para ambos. Entonces, ¿por qué el metal parece más frío?
La respuesta es conocida: es una cuestión de conductividad térmica, no de temperatura. Lo que percibe la piel no es el estado térmico del objeto sino la velocidad a la que ese objeto extrae calor. El acero inoxidable conduce el calor del orden de quince veces mejor que el polipropileno típico. Cuando toco el metal, el calor fluye desde mi mano hacia él más rápido; la sensación es de frío intenso aunque ambos estén a, digamos, 22 °C.
Intento ser explícita:
- Lo que se observa: el pasamanos se siente más frío que el asiento.
- Lo que la teoría aceptada dice: la conductividad térmica del acero (~15 W/m·K) supera con creces la del plástico (~0,2 W/m·K), un factor setenta.
- Lo que yo supongo: la diferencia perceptible se vuelve nítida cuando la ratio supera un factor cinco o seis; por encima de eso, la piel ya no distingue grados, solo registra "muy frío".
El grosor también importa. Un pasamanos delgado disipa calor hacia el interior del vagón; un asiento grueso actúa de reservorio que se entibia ligeramente con el uso. Parece razonable suponer que en hora punta, el metal estaría algo menos frío y los asientos algo menos cálidos. No llevaba termómetro encima, así que esto se queda como hipótesis sin confirmar.
Lo que me sigue sorprendiendo es cuánto tarda en conectarse la ecuación con la sensación. En cualquier libro básico de termodinámica aparece el flujo de calor: Q = k · A · ΔT / d. Lo estudié en primero de carrera. Tardé veinte años en mirarlo de verdad en el metro.
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