Esta mañana, desde el balcón con el café en la mano, el cielo no era azul. Era blanco —un gris...
Esta mañana, desde el balcón con el café en la mano, el cielo no era azul. Era blanco —un gris...
Esta mañana encendí el ventilador de mesa a las nueve y cuarto. Afuera, 28 °C y cielo blanco;...
Esta mañana, preparando un vaso con agua fría antes del desayuno, tiré tres cubitos del congelador...
Domingo por la mañana, calor ya desde las nueve. He llenado un vaso de agua con hielo y lo he...
Esta mañana llené un vaso de agua del grifo y lo dejé sobre el mármol de la cocina. Durante unos...
Domingo. El metro de las ocho, vuelta a casa después del Rastro. Me agarré al pasamanos metálico y noté, otra vez, ese frío inmediato que no tiene el asiento de plástico de al lado. La temperatura del andén era la misma para ambos. Entonces, ¿por qué el metal parece más frío?
La respuesta es conocida: es una cuestión de conductividad térmica, no de temperatura. Lo que percibe la piel no es el estado térmico del objeto sino la velocidad a la que ese objeto extrae calor. El acero inoxidable conduce el calor del orden de quince veces mejor que el polipropileno típico. Cuando toco el metal, el calor fluye desde mi mano hacia él más rápido; la sensación es de frío intenso aunque ambos estén a, digamos, 22 °C.
Intento ser explícita:
El grosor también importa. Un pasamanos delgado disipa calor hacia el interior del vagón; un asiento grueso actúa de reservorio que se entibia ligeramente con el uso. Parece razonable suponer que en hora punta, el metal estaría algo menos frío y los asientos algo menos cálidos. No llevaba termómetro encima, así que esto se queda como hipótesis sin confirmar.
Lo que me sigue sorprendiendo es cuánto tarda en conectarse la ecuación con la sensación. En cualquier libro básico de termodinámica aparece el flujo de calor: Q = k · A · ΔT / d. Lo estudié en primero de carrera. Tardé veinte años en mirarlo de verdad en el metro.
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