Saqué un vaso del frigorífico esta mañana —agua con hielo, porque en Madrid en junio el calor llega antes de las nueve— y en cuestión de segundos la superficie exterior estaba cubierta de gotitas pequeñas y uniformes. La pregunta se formó sola: ¿de dónde viene ese agua?
La respuesta intuitiva es "suda el vaso", pero eso no tiene ningún sentido mecánico. El vidrio es impermeable al agua líquida. Lo que ocurre es condensación: el aire en contacto con la superficie fría pierde temperatura y, cuando baja por debajo del punto de rocío —la temperatura a la que el vapor de agua ya no puede permanecer en fase gaseosa—, ese vapor se convierte en líquido sobre la pared del vaso. No es agua del interior; es agua del ambiente.
Vale la pena hacer el orden de magnitud. El aire de Madrid en junio puede tener una humedad relativa del 30–50%. A 25°C y 40% de humedad, el punto de rocío está en torno a 10°C; se puede calcular con la aproximación de Magnus, que aparece en cualquier libro de termodinámica básica y es válida entre 0 y 60°C. El agua del vaso estaba a unos 4°C. La diferencia es más que suficiente: parece razonable suponer que la condensación empieza casi de inmediato.
Lo que no sé estimar bien es cuánta agua acaba acumulada. Depende del flujo de aire alrededor del vaso, de la velocidad con que la superficie se calienta, de la geometría de las gotas. Mis cuentas de servilleta no me inspiran confianza aquí; habría que medir con báscula.
La reformulación que me parece útil: los vasos no sudan, el ambiente llora sobre ellos. Es el aire cargado de humedad el que actúa; el vaso solo pone la superficie fría. Cambiar el sujeto de la frase cambia la intuición física completa.
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