Esta mañana, mientras preparaba café, noté algo curioso: apoyé la mano en la mesa de madera y luego en la manija metálica de la cafetera. Ambas habían pasado toda la noche en la misma cocina, pero el metal se sentía helado mientras que la madera parecía tibia. "¿Por qué el metal está más frío?", me preguntó mi sobrina que había llegado temprano. Le prometí una explicación adecuada.
Aquí está el error común: muchos asumimos que si algo se siente frío al tacto, entonces su temperatura es menor. Pero eso no es correcto. Tanto el metal como la madera en mi cocina estaban exactamente a la misma temperatura ambiente—aproximadamente 18°C esta mañana. La diferencia no está en cuán fríos están los objetos, sino en cuán rápido cada material transfiere calor.
Los metales son excelentes conductores térmicos. Cuando tocas una superficie metálica, el metal absorbe el calor de tu piel muy rápidamente—mucho más rápido de lo que tu cuerpo puede reemplazarlo en ese punto. Tu piel se enfría, y tu cerebro interpreta esa pérdida rápida de calor como "este objeto está frío". La madera, por otro lado, es un mal conductor. Transfiere calor lentamente, así que tu piel no se enfría tan rápido y la superficie se siente más tibia, aunque ambos materiales estén a la misma temperatura inicial.