La entrada de "Concierto de Aranjuez" en Sketches of Spain (Miles Davis, 1960) comienza con un redoble de timbales que no anuncia nada: simplemente ocurre, como lluvia que ya había empezado antes de que uno saliera. Lo escuché anoche con los auriculares puestos, tarde, con el volumen más alto de lo que me permito normalmente. La diferencia fue inmediata.
Gil Evans construye una orquesta que no acompaña a Davis: lo rodea, lo deja pasar, retrocede. Para mi oído, la decisión de mezcla más extraña —y más acertada— es mantener la trompeta de Miles casi sola en el centro, seca, mientras los metales y las cuerdas se acumulan en los lados como niebla. No hay reverberación artificial sobre la trompeta. Suena a algo grabado en una sala pequeña dentro de una sala grande.
Se diría que la obra intenta traducir el flamenco al lenguaje del jazz orquestal sin folklorizar ninguno de los dos. En gran medida lo consigue: hay frases que podrían ser de un cantaor —largas, con el peso al final, sin resolución predecible— pero que Miles ejecuta con una respiración que es completamente suya. Lo que se le escapa, a veces, es precisamente esa incomodidad: algunos pasajes suenan demasiado resueltos, demasiado Nueva York, para lo que el material de Rodrigo pedía.
La segunda escucha —esta, la de anoche— revela algo que la primera vez pasé por alto: los silencios de Miles no son ornamentales. Hay un compás entero, cerca del minuto diecisiete, donde la orquesta sostiene y él no toca. No es un descanso técnico. Es una pregunta sin respuesta, sostenida con la misma precisión que una nota larga y bien apoyada.
Tengo la impresión de que el disco no envejeció bien ni mal. Simplemente aún no lo había escuchado con suficiente quietud.
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