Hay un acorde de guitarra al comienzo de In a Silent Way —John McLaughlin, sostenido, casi inmóvil— que dura lo suficiente para que uno empiece a preguntarse si el disco ha arrancado. Después entran los teclados, luego la trompeta de Miles Davis, y la pieza se asienta en algo que, para mi oído, no es jazz ni rock sino una tercera cosa sin nombre propio. El álbum es de 1969. Lo he vuelto a escuchar esta tarde, auriculares cerrados, la luz menguando sobre el balcón.
La obra tiene dos caras, cada una un solo corte largo. Teo Macero editó las sesiones de una manera que entonces parecía tramposa: cortó, repitió fragmentos, reordenó. Lo que se escucha no es una actuación continua sino un montaje. Eso importa, porque la sensación de suspensión que produce el disco —ese tiempo detenido— es en parte un artefacto de la mesa de mezclas, no solo de la música tocada. No lo digo como reproche; lo digo porque cambia lo que uno oye.
Lo que la obra intenta es disolver la pulsación sin suprimirla, crear densidad armónica con texturas más que con progresiones. Lo que consigue, en su mejor momento, es exactamente eso: Wayne Shorter en soprano saxofón suena como si viniera de más lejos de lo que la geometría del estudio permite. Lo que se le escapa —al menos para mí— es el segundo lado, donde la repetición trabaja en mi contra y la concentración empieza a derivar antes de que la pieza haya terminado de decir lo suyo.
Tengo la impresión de que este disco pide condiciones específicas. Esta tarde las tenía: silencio relativo, sin compromisos después, el volumen justo por encima del umbral del detalle. En otras circunstancias lo he encontrado hermético. No creo que sea un defecto del oyente ni de la obra; es simplemente que algunas músicas son sensibles al contexto de escucha de un modo que otras no lo son.
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