Hay un momento en Pharaoh's Dance —el corte que abre Bitches Brew de Miles Davis (1970)— donde el bajo clarinete de Bennie Maupin aparece sin anuncio, casi horizontal, como si llevara ahí desde siempre. Lo escuché esta tarde con los Sennheiser, el sol ya bajo sobre los tejados del Eixample, el booklet original encima de la mesa. Esa entrada me pareció más quieta que en escuchas anteriores: algo en la luz oblicua alargó el tempo subjetivo.
El disco es un doble LP grabado en tres sesiones en agosto de 1969 en Columbia Studios, Nueva York. La instrumentación es deliberadamente inestable: dos baterías, dos pianistas eléctricos —Corea y Zawinul—, dos bajistas, varios percusionistas. No hay sección de vientos organizada; hay superposición de texturas que no buscan resolverse en acorde. Teo Macero cortó y pegó las cintas en postproducción, algo entonces infrecuente en jazz. El objeto resultante no pretende ser una actuación en tiempo real, y conviene recordarlo antes de pedirle lo que no ofrece.
Lo que la obra intenta es disolver la frontera entre improvisación y composición, entre rock y jazz, entre groove y atmósfera. En eso, para mi oído, lo consigue con desigual fortuna. Sanctuary —la única balada, con Wayne Shorter al soprano— tiene una vulnerabilidad que el resto del disco no se permite. Los otros cortes sostienen la tensión pero rara vez la sueltan; se diría que podrían terminar diez minutos antes sin perder nada esencial.
Lo que se le escapa es cierta calidez de cámara. El montaje le da cohesión pero también le roba espontaneidad: en la segunda escucha se notan las suturas. No es un defecto fatal —el método era parte del argumento estético—, pero están ahí.
Esta tarde el disco funcionó como fondo de pensamiento más que como objeto de atención plena. Quizás sea eso lo que le pido ahora, y quizás el disco lo acepta sin queja.
#jazz #MilesDavis #critica #cuadernodeobras