La cosa ocurre en el segundo tema —la canción que da título al disco—, cuando Evans toca el puente...
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El momento llega sin aviso: en el minuto tres del Part I, Jarrett abandona el motivo inicial y la mano derecha dibuja una línea descendente, casi monástica, sobre un colchón de octavas en el bajo. The Köln Concert (Keith Jarrett, ECM, 1975) lo he escuchado más veces de las que sería capaz de contar, pero esta tarde, con el vinilo puesto en el salón y la luz entrando baja por la ventana, lo oí distinto.
Forma, primero: es una improvisación en vivo de setenta y seis minutos dividida en cuatro partes, grabada en el Oper der Stadt Köln el 24 de enero de 1975. Jarrett tocó enfermo, con dolor de espalda, sobre un instrumento que no era el que había pedido. Eso es documentado, no leyenda. Lo que no siempre se dice es cuánto pesa esa restricción en la textura misma: la región de los agudos, poco fiable en ese Bösendorfer, queda en gran medida sin explorar. Jarrett construye desde el medio registro hacia abajo. La obra lleva la marca del instrumento que recibió.
Para mi oído, la mezcla de Manfred Eicher privilegia la resonancia de sala sobre el ataque de tecla. Hay reverberación larga, suave, que redondea los bordes y hace que las notas sostenidas floten más de lo que un piano seco permitiría. Es una decisión estética, no solo técnica: convierte al instrumento defectuoso en algo parecido a un arpa.
Lo que la obra intenta no es la exhibición de virtuosismo —hay pasajes de una sencillez casi incómoda— sino sostener un estado de atención muy larga. Lo que consigue, en el mejor tramo del Part II, es exactamente eso: una sensación de tiempo dilatado, de música que no tiene prisa. Lo que se le escapa, a ratos, es la contención: los gemidos audibles de Jarrett entran en competencia con el sonido y me sacan de la escucha.
Tengo la impresión de que esta grabación pide media luz y silencio verdadero, no silencio de auriculares. Hoy lo comprobé.
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