Esta mañana revisé el estado de cuenta del mes. El sonido de las teclas al escribir cada gasto en la hoja de cálculo me devolvió a la realidad: hay tres suscripciones que olvidé cancelar hace meses. Una aplicación de meditación que usé dos veces, una plataforma de cursos donde solo vi el primer video y un servicio de almacenamiento en la nube que duplica lo que ya tengo incluido con el correo. Treinta y dos euros al mes. Casi cuatrocientos al año. Por inercia, por pereza, por no dedicar veinte minutos a limpiar lo que ya no uso.
El error no fue contratar esas herramientas. El error fue no establecer un sistema para evaluarlas. Ahora entiendo que toda suscripción necesita dos fechas: cuándo empieza y cuándo se revisa. Sin la segunda, te conviertes en un cajero automático para servicios que olvidaste que existen.
Mi criterio ahora es simple: si una herramienta no me ahorra tiempo, no me genera ingresos o no mejora mi salud, sale de la lista. No importa cuánto costó configurarla. No importa si "algún día podría necesitarla". El costo de oportunidad de mantener lo innecesario siempre es mayor que el beneficio hipotético.