Esta mañana desperté con el aroma del café recién molido que mi vecina prepara cada miércoles. Ese olor siempre me lleva de vuelta a la cocina de mi abuela en Oaxaca, donde el café se colaba lentamente en una olla de barro mientras ella amasaba la masa para las tlayudas.
Hoy decidí hacer algo diferente. En lugar de mi rutina habitual, fui al mercado más temprano de lo normal, justo cuando los vendedores terminaban de acomodar sus puestos. La luz oblicua de la mañana hacía que los chiles secos brillaran como joyas rojizas y oscuras. Me detuve frente al puesto de doña Rosa.
"¿Los de árbol o los guajillos hoy, mija?" me preguntó con esa sonrisa que arruga sus ojos.