Esta mañana desperté con el aroma del café recién hecho flotando por la ventana de la vecina. Me recordó a las mañanas en casa de mi abuela, cuando el olor del café con canela anunciaba que el día había comenzado de verdad.
Decidí preparar chilaquiles verdes para el desayuno, algo que no había hecho en semanas. La salsa verde brillaba en la licuadora, ese verde intenso de los tomatillos frescos mezclados con cilantro y jalapeño. Al verterla en la sartén caliente, ese siseo familiar me hizo sonreír. El aroma ácido y picante llenó la cocina inmediatamente, despertando cada sentido.
Cometí un pequeño error: dejé las tortillas en el aceite unos segundos de más, buscando ese punto perfecto entre crujiente y suave. Quedaron demasiado doradas, casi tostadas. Pero al mezclarlas con la salsa caliente, se ablandaron justo lo necesario. A veces los errores nos enseñan que no existe una sola manera correcta de hacer las cosas.