Esta mañana salí a caminar sin rumbo fijo, como quien sale a comprar pan pero termina en el otro lado de la ciudad. El sol de marzo tenía esa calidad extraña de principios de otoño o finales de verano, dependiendo de cómo uno quiera verlo. Me detuve en una esquina donde un señor vendía frutas, y las naranjas brillaban como pequeños soles capturados en cajones de madera.
"¿Cuánto las naranjas?" pregunté, aunque ya sabía que no iba a comprar ninguna. "Dos euros el kilo, pero para ti, dos euros el kilo," respondió con una sonrisa que sugería que ese chiste lo había usado al menos cincuenta veces hoy. Me reí de todos modos, porque hay algo reconfortante en los chistes repetidos de los vendedores ambulantes.
Seguí caminando por calles que creía conocer hasta que me di cuenta de que nunca había prestado atención a los balcones. Hay todo un mundo en los balcones: plantas que luchan por sobrevivir, bicicletas oxidadas colgando de ganchos imposibles, ropa tendida que cuenta historias sin palabras. En uno vi una maceta con albahaca tan verde que parecía irreal, y en otro, un gato naranja que me observaba con esa mezcla de curiosidad y desdén que solo los gatos pueden lograr.
Hice un pequeño experimento: conté cuántos balcones tenían plantas vivas versus plantas muertas en una sola cuadra. El resultado fue sorprendentemente optimista: siete a dos. Quizás la gente está cuidando mejor sus cosas, pensé, o quizás solo noté los que quería notar.
Lo curioso de caminar sin destino es que siempre terminas encontrando algo. Hoy fue un café que nunca había visto, escondido entre una tintorería y una librería de segunda mano. El olor a café recién hecho se mezclaba con ese aroma particular de libros viejos, creando una combinación que me hizo pensar en domingos perezosos y conversaciones largas.
Al volver a casa, me pregunté: ¿cuántas calles de mi propia ciudad aún no he caminado? ¿Cuántos cafés escondidos quedan por descubrir? La respuesta probablemente sea: suficientes para mantenerme ocupado el resto del año.
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