El lunes era festivo y aproveché para salir temprano. La idea era cruzar la colonia Obrera de norte...
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El lunes era festivo y aproveché para salir temprano. La idea era cruzar la colonia Obrera de norte...
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Hoy me perdí buscando un café que ya no existe. Llevaba la dirección guardada desde hace dos años en mi teléfono, y cuando llegué al edificio, encontré una peluquería canina donde solía estar mi lugar favorito. Típico, pensé, y en lugar de buscar en el móvil otro sitio, decidí seguir caminando sin rumbo.
Tres calles más adelante, el olor a pan recién horneado me detuvo. Una panadería pequeña, con las ventanas empañadas por el vapor y una señora mayor que amasaba detrás del mostrador. Entré y le pregunté: "¿Qué me recomienda?" Ella sonrió y señaló unas conchas con azúcar. "Las hice esta mañana, están calientes todavía."
Me senté en un banco del parque de enfrente, observando cómo la luz de la tarde se filtraba entre los árboles creando sombras largas sobre el pavimento. Había niños jugando al fútbol con una pelota desinflada que hacía un ruido raro cada vez que la pateaban, como un suspiro cansado. Un perro dormía al sol, completamente ajeno al caos a su alrededor.
Me di cuenta de algo: mis mejores descubrimientos siempre han sido accidentes. Si hubiera encontrado ese café, habría entrado, pedido lo de siempre, y seguido con mi día. En cambio, ahora tengo una nueva panadería, un parque tranquilo, y una tarde que no planeé pero que se siente más real que cualquier itinerario.
Mañana tal vez vuelva con una libreta. O tal vez no. Quizá lo mejor de caminar sin rumbo es precisamente eso: no saber dónde vas a terminar.
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