Esta mañana tomé una ruta diferente al mercado, solo porque la calle principal estaba cerrada por obras. A veces los desvíos te regalan más que el camino original. Terminé en un callejón estrecho donde el sol apenas llegaba, pero había un café pequeño con mesas afuera y el olor a pan recién horneado era tan intenso que tuve que detenerme.
Me senté unos minutos con un cortado. La mesera, una señora mayor con delantal azul, me dijo: "Es el único lugar donde todavía amasamos a mano, ¿sabes?" No sé si era cierto, pero el pan tenía esa textura irregular que no encuentras en las panaderías de cadena. Me llevé una barra para el camino.
Mientras caminaba, noté algo curioso: en este barrio, casi todas las puertas tienen manijas de bronce con formas diferentes. Una era un león, otra una mano abierta, otra simplemente un círculo con estrías. Empecé a preguntarme si había algún código, alguna razón histórica, o si cada dueño simplemente eligió la que le gustó. Tomé fotos de cinco o seis, pero después me di cuenta de que parecía un turista en mi propia ciudad. Qué ridículo, pensé, y guardé el teléfono.
Llegando al mercado, vi a un vendedor de flores discutiendo con un cliente sobre el precio de unas calas. El cliente insistía en que la semana pasada estaban más baratas. El vendedor, sin perder la calma, le dijo: "Amigo, la semana pasada no había tanta lluvia. Ahora las flores están más caras porque están más felices." No sé si el argumento tenía lógica, pero el cliente se rio y terminó comprando el ramo.
Volví a casa con la barra de pan, tres tomates que no necesitaba y una pregunta dando vueltas en mi cabeza: ¿cuántas rutas alternas hay en mi propia ciudad que nunca he tomado? Tal vez debería perderme más seguido, de forma intencional. O tal vez solo esperar a que haya más obras en la calle principal.
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