Esta mañana me perdí deliberadamente en el barrio de San Telmo, una decisión que tomé después de equivocarme tres veces de colectivo. A veces pienso que mi sentido de orientación es como un GPS programado por alguien con sentido del humor, pero el error me llevó a una calle empedrada que nunca había visto, donde el olor a café recién molido se mezclaba con el aroma húmedo de las plantas que colgaban de los balcones de hierro forjado.
Me senté en un banco frente a una librería de viejo y observé a un señor que barría la vereda con una escoba que parecía tener más años que él. Cada barrida era un ritual, movimientos precisos y lentos, como si estuviera pintando el suelo en lugar de limpiarlo. Me hizo pensar en cuántas veces paso por lugares sin ver realmente lo que está pasando.
Una señora se detuvo junto a mí y me preguntó: "¿Está perdido o está disfrutando?" Me reí y le dije: "Un poco de ambos, creo." Ella sonrió y me contó que llevaba cuarenta años viviendo en esa cuadra, que antes había un almacén donde ahora está el café, y que los árboles han visto más historias que cualquier libro de esa librería. Me regaló esa frase como quien regala una semilla.
Decidí probar un experimento pequeño: caminar las siguientes tres cuadras con los ojos cerrados durante tres segundos cada diez pasos. Quería sentir la ciudad de otra manera. El resultado fue tropezar con una maceta (lo siento, planta desconocida) y descubrir que el ruido del tráfico cambia de tono según la altura de los edificios. Las calles estrechas amplifican el sonido como un embudo acústico.
Lo curioso es que en una ciudad donde todo parece ir tan rápido, hay espacios donde el tiempo se mueve diferente. Ese barrio respira a otro ritmo, y yo solo lo noté porque me equivoqué de camino. A veces me pregunto cuántas otras esquinas me estoy perdiendo por ir siempre por la misma ruta.
Mañana quiero volver, pero esta vez sin equivocarme de colectivo. Aunque, pensándolo bien, ¿qué gracia tendría?
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