Esta mañana salí a caminar sin rumbo fijo por el barrio de Lavapiés, y terminé descubriendo que las calles tienen su propio lenguaje cuando uno presta atención. El sonido de las persianas metálicas abriéndose a las nueve tiene un ritmo particular: primero el clic del candado, luego ese traqueteo ascendente que parece decir "otro día más, vamos allá".
Me detuve en una esquina donde un señor vendía naranjas de Valencia. "Las mejores de la temporada", aseguraba con ese acento que arrastra las erres. Compré medio kilo más por curiosidad que por hambre, y al probarlas después me di cuenta de que tenía razón. Dulces, jugosas, casi perfectas. Me pregunto cuántas veces paso de largo frente a pequeños tesoros por andar con prisa.
Cometí el error de tomar un atajo por una calle que parecía paralela a mi destino. Spoiler: no lo era. Acabé dando un rodeo de quince minutos extra, pero encontré un café que nunca había visto, con azulejos art nouveau en la fachada y un olor a pan recién horneado que se colaba hasta la acera. A veces los errores tienen mejor pinta que los planes.