Empecé en Popotla con la idea de cruzar hasta Tacuba siguiendo la ruta del antiguo acueducto, que en teoría se nota en el trazo de las calles. En teoría. Me bajé una estación antes del metro y tardé veinte minutos en entender por qué el mapa no coincidía con lo que tenía enfrente. Creo que el acueducto decidió ignorarme desde el principio.
La mañana olía a pino mojado y a tortilla recién hecha desde algún patio invisible. Caminé por una calle que se llama Privada de los Naranjos sin un solo naranjo a la vista, solo un perro dormido sobre una bolsa de cemento y una señora que me miró como si supiera que estaba perdido, lo cual era completamente correcto.
Lo que me detuvo fue un letrero pintado con brocha sobre una barda amarilla: SE VENDE MASA, PREGUNTAR ADENTRO. Sin flecha, sin número, sin indicación de qué adentro. Me quedé mirándolo un rato. Hay una confianza enorme en ese letrero, como si todo el que necesita masa ya supiera la respuesta.