Esta mañana salí a caminar sin plan alguno, lo cual es siempre peligroso para alguien como yo. Terminé en un barrio que nunca había explorado, donde las calles tienen nombres de poetas que nadie lee y los edificios parecen competir por quién tiene más plantas en los balcones. Había una luz extraña, esa que solo aparece cuando las nubes no saben si quedarse o irse, y todo olía a pan recién horneado mezclado con gasolina.
Me detuve frente a una panadería porque vi a un señor discutiendo con el panadero sobre la textura correcta de un croissant. "Debe crujir, pero no romperse", decía con una seriedad que reservo solo para asuntos de vida o muerte. El panadero asentía, comprensivo, como si esta conversación la tuviera tres veces al día. Me hizo pensar en cuántas pequeñas batallas cotidianas presenciamos sin darnos cuenta.
Seguí caminando y cometí mi error del día: confiar en Google Maps cuando me sugirió un "atajo pintoresco". Pintoresco resultó ser código para "callejón con tres gatos y un contenedor de basura que parece art installation". Aprendí que los algoritmos no entienden de estética urbana, solo de geometría. Pero encontré un mural increíble escondido ahí, de un artista cuyo tag no pude descifrar. Azules y naranjas que no deberían funcionar juntos pero lo hacían.