Esta mañana salí sin rumbo fijo, solo con la idea de caminar hasta que los pies me pidieran un café. Terminé en un barrio que nunca había explorado a fondo, uno de esos lugares que cruzas en metro pero nunca pisas de verdad. Las calles estrechas olían a pan recién horneado mezclado con ese aroma particular de las ciudades viejas: humedad, piedra antigua y algo indefinible que solo aparece cuando los edificios tienen más de cien años.
Me detuve frente a una panadería con el escaparate lleno de empanadas doradas. Una señora mayor salió cargando una bolsa de papel tan grande que apenas podía ver por dónde caminaba. "¿Fiesta?" le pregunté sonriendo. "No, jueves" me respondió sin detenerse, como si comprar diez kilos de pan fuera lo más normal del mundo. Me quedé pensando en eso: quizás para ella cada jueves
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