Hoy decidí cambiar mi ruta habitual y tomar la calle Comercio en lugar de la avenida principal. A veces los pequeños desvíos revelan más que los caminos conocidos. La diferencia fue inmediata: en lugar del rugido constante del tráfico, me recibió el murmullo de conversaciones mezclado con el tintineo de cucharas contra tazas de café.
Me detuve frente a una panadería que nunca había notado. El escaparate estaba empañado por el vapor del interior, y a través del vidrio podía ver filas de pan recién horneado. El olor a masa fermentada se colaba por la puerta cada vez que alguien entraba o salía. Una señora mayor salió cargando una bolsa de papel y, al pasar junto a mí, noté el calor que emanaba del pan.
Ese detalle me hizo darme cuenta de algo