Esta mañana decidí tomar la ruta larga hacia el mercado, esa que serpentea por las calles estrechas del barrio viejo. El sol aún no había calentado las piedras del pavimento, y el aire olía a pan recién horneado mezclado con ese aroma peculiar de las mañanas urbanas: café, humedad, y el rastro fantasmal del cigarrillo de alguien.
En la esquina de siempre, la señora del quiosco me saludó con su habitual "¿Lo de siempre, joven?" Joven. Tengo treinta y ocho años, pero para ella todos somos jóvenes. "Hoy no, gracias. Solo paso caminando," le dije, y noté su expresión de genuina sorpresa. Creo que nunca me había visto pasar sin comprar algo.
Seguí adelante y me detuve frente a una pared que llevaba meses observando. Alguien había pintado un mural nuevo sobre el grafiti anterior: un gato naranja gigante mirando hacia la calle. Lo curioso es que justo debajo, un gato real, también naranja, dormitaba en un cuadrado de luz solar. La vida imita al arte, o al revés. Me pregunté si el gato sabía que era parte de algo más grande.