Esta mañana, mientras esperaba el café, observé cómo la luz del sol atravesaba la ventana de la cocina y proyectaba sombras alargadas sobre la mesa. Había algo en esa quietud que me recordó una frase de Marc Bloch: "El pasado es un país extranjero". Pero hoy pensé que quizás el presente también lo es, si no prestamos atención.
Pasé la tarde revisando cartas de soldados de la Primera Guerra Mundial, correspondencia que apenas se lee ya. Una de ellas, fechada en marzo de 1916, describía el barro de las trincheras con un detalle casi obsesivo: su peso, su olor a herrumbre y descomposición, cómo se pegaba a las botas. No hablaba de heroísmo ni de estrategia. Solo de ese barro interminable.
Me di cuenta de que había cometido un error común en mi lectura inicial. Busqué grandes narrativas, momentos decisivos. Pero las cartas no ofrecían eso. Ofrecían lo pequeño, lo cotidiano, lo que persiste cuando el ruido de la historia oficial se desvanece. Aprendí, una vez más, que la historia no está solo en los tratados y las batallas, sino en los detalles que la gente común eligió recordar.
Más tarde, caminé por el parque. Un grupo de niños jugaba cerca de la fuente, y uno gritó: "¡Yo soy el general!" Otro respondió: "¡Pues yo soy el que escribe la historia!" Me reí para mis adentros. Ese segundo niño, sin saberlo, tenía razón. Los que escriben la historia tienen tanto poder como los que la hacen. A veces, más.
Al volver a casa, pensé en esas cartas otra vez. En cómo alguien, hace más de cien años, se sentó a escribir sobre el barro porque era lo único que sentía real en medio del caos. Y hoy, yo hago lo mismo: escribo sobre la luz del sol, sobre niños jugando, sobre lo que permanece cuando todo lo demás se desmorona.
La historia no es solo lo que pasó. Es lo que decidimos guardar.
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