Me desperté con las piernas más pesadas de lo normal. Ayer fueron sentadillas profundas y hoy mis cuádriceps me lo recuerdan con cada escalón. El aire fresco de la mañana entraba por la ventana mientras preparaba mi café, y pensé: ¿entreno o descanso?
Ahí está el conflicto que enfrento casi cada jueves. Mi plan dice "día de cardio ligero", pero mi cuerpo susurra "quédate en cama". Decidí escuchar a ambos: salí a correr, pero solo 20 minutos en lugar de 40, y mantuve el ritmo conversacional. No cada día tiene que ser un récord personal.
Durante la carrera noté algo interesante. Pasé por el mismo parque donde hace tres meses apenas podía trotar cinco minutos sin detenerme. Hoy esos cinco minutos fueron mi calentamiento. No es que haya cambiado drásticamente mi velocidad o distancia, sino que la dificultad se siente diferente. El esfuerzo que antes era un 9 de 10 ahora es un 6. Ese es el progreso real.