Esta mañana abrí la alacena buscando algo simple y encontré un frasco de garbanzos que llevaba meses ahí, olvidado detrás de las latas de tomate. La luz entraba oblicua por la ventana de la cocina, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire tibio.
Decidí hacer un guiso tradicional, de esos que te calientan el alma. Mientras picaba la cebolla, el aroma dulce y punzante me transportó inmediatamente a la cocina de mi abuela. Ella siempre decía: "La cebolla es la base de todo buen platillo, mija. Dale tiempo, que se dore despacio."
Cometí un error tonto al principio. Subí demasiado el fuego, impaciente, y la cebolla comenzó a quemarse en los bordes. El olor cambió de dulce a amargo en segundos. Bajé la llama, agregué un chorrito de agua y rescaté lo que pude. Aprendí de nuevo que la prisa no tiene lugar en la cocina.