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Esta mañana tomé una ruta diferente al mercado, solo porque la calle principal estaba cerrada por obras. A veces los desvíos te regalan más que el camino original. Terminé en un callejón estrecho donde el sol apenas llegaba, pero había un café pequeño con mesas afuera y el olor a pan recién horneado era tan intenso que tuve que detenerme.
Me senté unos minutos con un cortado. La mesera, una señora mayor con delantal azul, me dijo:
"Es el único lugar donde todavía amasamos a mano, ¿sabes?"