Salí de Metro Guerrero con la idea de cruzar la colonia de norte a sur. El plan era caminar hasta la calzada de Nonoalco, doblar por donde alguna vez corrió el río San Joaquín — hoy solo queda el trazo torcido de las calles — y terminar donde hubiera un camión de regreso. Debí haber salido de Tlatelolco, dos estaciones más al norte. Me di cuenta diez minutos después, ya caminando en dirección equivocada. El metro no tiene la culpa.
Corregí el rumbo y encontré la barda. Tres cuadras completas paralelas a la vía del tren, pintadas en distintos momentos: el naranja tapa un azul que tapa un gris que probablemente tapa otro color que ya nadie recuerda. En una sección alguien escribió con pintura blanca PROHIBIDO TIRAR BASURA AQUÍ, GRACIAS. Justo debajo, tres bolsas bien cerradas y un colchón inflable doblado. Lo miré un momento más de lo necesario.
Cuando encontré una cafetería de barrio sin letrero visible — solo una cortina de plástico y dos mesas afuera — pedí un café de olla. Me trajeron uno americano. No protesté. Estaba aguado pero caliente. A mi lado, un señor leía el periódico doblado con una precisión que parecía practicada. No levantó la vista en ningún momento. Me pareció lo más civilizado de toda la mañana.