Esta mañana salí sin rumbo fijo, como quien busca perderse adrede. El barrio estaba despertando: el olor a café recién hecho se escapaba de una ventana entreabierta, mezclándose con el aroma dulzón del pan en la panadería de la esquina. Me detuve frente a un edificio que nunca había notado, a pesar de haber pasado por esta calle cientos de veces. Fachada art déco, azulejos verdes desgastados por el tiempo, una placa oxidada que apenas dejaba leer "1934".
¿Cómo es posible que algo tan evidente se vuelva invisible?
Seguí caminando y me topé con un señor que regañaba cariñosamente a su perro: "¡Teodoro, ya te dije que no podemos parar en cada árbol!" El perro, por supuesto, ignoró completamente la advertencia. Me hizo sonreír. Hay algo reconfortante en estas escenas cotidianas, estos pequeños teatros callejeros que solo existen si uno camina lo suficientemente despacio.