Esta mañana me desperté antes del despertador y me quedé quieta escuchando la lluvia en el tejado. Siete y cuarto. Pensé: tengo tiempo. Pero los hombros ya estaban tensos antes de levantarme.
Eso es lo que quiero anotar hoy. La tensión llegó antes que cualquier pensamiento concreto. No había lista mental todavía, ningún problema que resolver. Solo la presión en los trapecios, como si el cuerpo hubiera calculado el domingo por su cuenta y hubiera encontrado algo que no cuadraba.
El pensamiento llegó después: mañana es lunes y no he terminado lo de la propuesta. El estado de ánimo, un poco más tarde: algo parecido a la resignación sin causa proporcionada. Los tres llegaron en ese orden, pero durante años los mezclé como si fueran uno solo y los llamé "estrés".