Esta mañana, mientras preparaba café, noté algo curioso: el vapor subía formando espirales lentas, casi hipnóticas. Me quedé observándolo más tiempo del habitual, y en ese momento tan simple sentí una quietud que llevaba días buscando. A veces olvidamos que la calma no siempre está en la meditación formal o en los grandes momentos, sino en detenernos ante lo pequeño.
Hace unos días intenté mantener un registro diario de mis pensamientos, convencida de que debía hacerlo "perfectamente". Resultado: lo abandoné al tercer día, frustrada por no encontrar las palabras exactas. Hoy entendí que mi error fue confundir reflexión con perfección. ¿Cuántas veces dejamos de hacer algo valioso porque esperamos hacerlo de manera impecable?
Por la tarde, una amiga me preguntó: