Me desperté antes del amanecer, cuando la ciudad todavía está en silencio. Ese momento justo antes de que los pájaros empiecen a cantar siempre me recuerda por qué empecé con esta disciplina: no para castigarme, sino para construirme.
Hoy tuve que tomar una decisión difícil. Mi plan decía cardio de alta intensidad, pero mi cuerpo me pedía algo diferente. Las piernas todavía cargaban el peso de los entrenamientos de esta semana, y sentí esa tensión familiar en las rodillas. Hace un año, habría ignorado las señales y seguido adelante. Hoy, elegí nadar en lugar de correr.
La piscina estaba casi vacía. El agua fría me recibió con ese shock inicial que te obliga a respirar profundo, y luego esa sensación de flotar, de moverte sin impacto. Conté cada brazada, enfocándome en la técnica. Treinta largos, me dije. Al llegar a veinticinco, sentí la tentación de parar, pero recordé algo que leí una vez: "La disciplina no es hacer lo más duro siempre, es hacer lo correcto consistentemente."