Esta mañana desperté con el sonido de la lluvia golpeando contra la ventana de la cocina, ese ritmo constante que me recordó inmediatamente a las mañanas en casa de mi abuela. Decidí que era el día perfecto para hacer tamales, aunque sabía que me llevaría horas.
Extendí las hojas de maíz sobre la mesa y el aroma húmedo y vegetal llenó toda la cocina. Ese olor siempre me transporta a diciembre, cuando toda la familia se reunía alrededor de la mesa grande, cada uno con su tarea asignada. Hoy estaba sola, pero no me sentía sola.
La masa me quedó demasiado espesa al principio. Siempre olvido agregar el caldo poco a poco, pensé mientras añadía más líquido tibio. Mi abuela solía decir: "La masa debe flotar en el agua como una nube". Tomé un pedacito y lo dejé caer en un vaso. Se hundió como piedra. Añadí más manteca, batí durante diez minutos más, y finalmente logré esa textura esponjosa que buscaba.