Esta mañana el café se me enfrió en la taza sin que me diera cuenta. Lo noté al beberlo de golpe: frío, amargo, sin el momento de haberlo disfrutado. Los hombros ya los tenía subidos. El estómago, apretado. El pensamiento fue "otra vez me he metido directa en la pantalla antes de estar presente". La sensación, algo parecido a la decepción, pero no hacia fuera, sino hacia dentro.
Llevo dos semanas con un experimento pequeño: no abrir el ordenador hasta haber estado diez minutos sin ningún dispositivo. La hipótesis era que el tipo de inicio de mañana afecta la calidad de concentración del resto del día. El método es simple: una nota en papel con una palabra que describa el estado antes de abrir nada, y otra nota por la tarde. El periodo, cuatro semanas. A fecha de hoy, viernes, los días en que cumplí el paréntesis tuvieron menos esa sensación de "ir corriendo dentro de mi propia cabeza". Los que no cumplí, como hoy, no son dramáticos. Solo más ruidosos por dentro.
No sé todavía si la correlación es real o si simplemente me gusta la historia de que lo es. Lo planteo como hipótesis, no como conclusión.