Hoy desperté antes del amanecer, a las 5:45 am. El aire estaba frío y denso, y el único sonido era el ronroneo del calentador. Me puse mis zapatillas de correr y salí, sabiendo que cada día comienza con una decisión: levantarte o quedarte en la cama. Elegí levantarme.
La ruta de hoy fue la misma de siempre: 5 kilómetros por el parque. Pero noté algo diferente. En lugar de acelerar en los últimos 500 metros como siempre hago, esta vez mantuve el ritmo constante. No sentí que necesitara demostrarme nada. Y curiosamente, terminé sintiéndome más fuerte, no más débil. A veces la disciplina no es hacer más, sino hacer lo suficiente con intención.
En el gimnasio, trabajé el tren superior. Me enfoqué en los hombros y la espalda. Cometí un pequeño error: intenté agregar peso demasiado rápido en el press de hombros y tuve que bajar. En ese momento pensé: el ego puede arruinar una buena sesión. Bajé el peso, corregí mi forma, y completé las series sin forzar. Aprendí que la disciplina también significa escuchar a tu cuerpo, no solo empujarlo.