Me desperté a las 5:30 con el sonido de la lluvia golpeando la ventana. Por un momento consideré quedarme en cama, pero recordé algo que me dijo mi entrenador hace años: "La disciplina no es hacer lo que te gusta, es hacer lo que prometiste incluso cuando ya no sientes las ganas." Así que me levanté, preparé mi café y salí a correr bajo la llovizna.
La sensación del agua fría en la cara fue incómoda al principio, pero después de los primeros kilómetros encontré un ritmo constante. Había algo meditativo en el sonido de mis pasos sobre el pavimento mojado, en la forma en que la ciudad todavía dormía. Corrí ocho kilómetros en lugar de los diez que tenía planeados. Normalmente esto me habría frustrado, pero últimamente estoy aprendiendo que escuchar a mi cuerpo no es debilidad, es inteligencia.
Después del desayuno, revisé mi rutina de la semana: