Hay un plano en La habitación de al lado (Pedro Almodóvar, 2024) que me detuvo en seco: Martha, en su cama del hotel de montaña, mira por la ventana mientras el verde del bosque parpadea detrás del cristal. No dice nada. La cámara permanece quieta durante cinco segundos, quizás seis. Ese silencio condensa más del propósito de la película que cualquiera de los diálogos que lo rodean.
La vi ayer por la tarde en el Maldà, casi solo en la sala. Esa condición importa: ver a Almodóvar con veinte personas en un silencio nervioso no es lo mismo que verlo cuando el cine es casi tuyo. La luz roja del afiche seguía encendida cuando salí a la calle, y me quedé un momento en la acera sin saber muy bien qué hacer con lo que traía.
La película no intenta disimular que es un ensayo sobre la muerte elegida y la amistad entre mujeres adultas. No hay subterfugio: Ingrid y Martha hablan de ello con una franqueza que en otra mano sonaría a panfleto. Lo que consigue Almodóvar es mantener ese material declarativo vivo gracias a la composición del plano. Los encuadres tienen una simetría casi pictórica, heredera de Sirk, pero con más luz natural de lo habitual en él. Los objetos —la casa roja, las alfombras, los libros apilados— no decoran: argumentan.