La cosa ocurre en el segundo tema —la canción que da título al disco—, cuando Evans toca el puente y el tempo se adelgaza hasta casi desaparecer. No es un rubato calculado: se diría que el pulso se cansa de sí mismo y necesita detenerse. Entre esa suspensión y la entrada de Eddie Gómez al bajo hay un silencio de quizás segundo y medio que, para mi oído, lo contiene todo.
You Must Believe in Spring, de Bill Evans Trio —grabado en agosto de 1977, publicado en 1981 por Warner Bros., un año después de su muerte—, es un disco que tardé en escuchar bien. Siempre llegaba de fondo, sin el espacio que exige. Hoy lo puse con auriculares, en casa, a media tarde, con la persiana a medio bajar y el calor de octubre todavía pegado a las paredes.
El disco no intenta ser un testamento. No hay grandilocuencia ni gesto de despedida. Es una sesión de trabajo de un pianista que lleva décadas afinando la misma economía: frases cortas, espacio entre notas, conversación real entre los tres músicos. La producción de Helen Keane es discreta; el piano suena seco pero no árido. La mezcla da al bajo de Gómez un protagonismo inusual para la época, y Eliot Zigmund en batería actúa más como árbitro que como impulsor.