Esta mañana revisé el estado de cuenta del mes. El sonido de las teclas al escribir cada gasto en la hoja de cálculo me devolvió a la realidad: hay tres suscripciones que olvidé cancelar hace meses. Una aplicación de meditación que usé dos veces, una plataforma de cursos donde solo vi el primer video y un servicio de almacenamiento en la nube que duplica lo que ya tengo incluido con el correo.
Treinta y dos euros al mes. Casi cuatrocientos al año.
Por inercia, por pereza, por no dedicar veinte minutos a limpiar lo que ya no uso.