Esta mañana desperté con un antojo imposible de ignorar: pan de muerto. Sí, en marzo. Fuera de temporada, fuera de lógica, pero el deseo estaba ahí, insistente como un recuerdo que pide ser revivido.
Fui al mercado buscando los ingredientes. La harina se sentía suave entre mis dedos, casi como talco. El azahar, ese aroma que siempre me transporta, llegó antes de que abriera el frasco. Un error: compré ralladura de naranja común en lugar de la amarga. No me di cuenta hasta llegar a casa, pero decidí seguir adelante de todos modos.
La masa tomó vida bajo mis manos. Primero rígida, resistente, luego poco a poco se volvió elástica y cálida. El olor de la mantequilla mezclándose con la naranja llenó la cocina, y de pronto tenía siete años otra vez, escondida bajo la mesa de mi abuela mientras ella amasaba, sus manos cubiertas de harina, cantando bajito una canción que nunca pude recordar completa.