Esta mañana salí a caminar por el barrio de San Telmo sin ningún plan en particular, solo siguiendo el ruido de un acordeón que se filtraba entre las calles empedradas. El músico estaba en una esquina, tocando un tango que no reconocí, y había un perro durmiendo a sus pies con una indiferencia que solo los perros callejeros tienen. Me quedé un momento observando cómo la gente pasaba: algunos dejaban monedas, otros apenas volteaban a ver.
Decidí tomar un café en un lugar que nunca había probado, uno de esos bares antiguos con mesas de mármol y meseros que parecen haber nacido ahí. El café llegó con tres terrones de azúcar y una medialuna.
Perfecto